Tuesday, 24 September 2013

Nit de correfoc

Aquesta entrada està dedicada als incondicionals del correfoc: Rosita, Maria, David i Cristina. 

Sóc un diable. Estic a les portes de l’infern. Aquest cop s’obren a Barcelona, on m’han dit que la gent intenta aturar la nostra invasió de la ciutat. Surto per les portes i tot és fosc. El foc em rodeja, i la música d’uns rítmics tambors no para de sonar forta i constant. M’arriba una olor a sofre i por que estimulen la meva maldat.

    
Imatge 1. Un dels meus germans infernals. Gràcies Maria per la foto

Imatge 2. Tambors infernals. gràcies David per la foto!


Sento que els meus germans estàn preparats i comencem a correr contra la excitada multitud que ens espera,  coberta amb mocadors i roba vella. Primer els dracs els hi cremen el cul, per donar-lis una lliçó. Després és quan ataquem nosaltres i els hi tirem bales de foc mentre els perseguim com bojos pels carrers.



Imatges 3 i 4. Dracs cremant el cul. 

Hi ha molt gent que ens intenta parar però no serveix de res, sempre ens obrim camí. La por al foc és més forta que la por a que invaim la ciutat. I passa com cada any, ens fem els amos i el centre de la ciutat en converteix en el centre del mal, la nostra casa d’estiu.

Imatge 5. Més dracs 


Com cada any, cop passa la nit tornem a casa, però he decidit que aquest any em quedaré a fer entremeliadures. Tremoleu i salteu barcelonins!!!


Imatge 6. Barcelonins cagats de por


Sunday, 8 September 2013

Besos robados

Cuando conocí a Bernard, en una conferencia de energías renovables, su mirada fue lo primero en llamarme la atención. Tenía unos ojos con los que desprendía un carisma tal que siempre tenía gente a su alrededor. A pesar de su edad, se mantenía muy bien, vestía ropa a medida y tenía un porte atlético atractivo.
Durante la conferencia una amiga común nos presentó. Una noche se unió a nuestro grupo, Bernard siempre tenía anécdotas amenas que contar, y dominó la conversación desde el principio. Se sentó a mi lado, y de tanto en cuando rozaba mi brazo como sin querer. Y su roce encendía un fuego en mí que no sabía que existiera. Fue una extraña noche, que enterré en un lugar seguro de mi corazón.
Seguí con mi controlada y feliz existencia hasta tres años después. Estaba sentada leyendo en un bar situado en la rue du Bac,  justo en el centro del romántico París. La puerta de se abrió y allí estaba Bernard. Cuando le vi entrar,  con su hipnótico caminar y su sonrisa de miel, me puse en tensión al recordar el tacto de su piel contra la mía.
Al contrario de lo que me pensaba, se acordaba de mí. Me saludó efusivamente y se sentó en mi mesa. Resultó que ambos íbamos a la cumbre de materiales reciclables, él como ponente y yo como representante de mi Universidad. Mientras charlábamos, se sentó a mi lado, y me enseñó unas fotografías de un edificio que había diseñado, mientras lo hacía, me miró fijamente, acercó sus labios a los míos y me besó. Una extraña corriente eléctrica recorrió mi cuerpo y me paralizó durante unos segundos. Aunque reconocí que sentía atracción por él, me di cuenta que no tenía derecho a besarme sin mi permiso, sin haberme dejado tiempo de pensar si me convenía o no. Un extraño vacío se apoderó de mí y de allí brotaron las palabras: besos robados.

Bernard me acababa de robar un beso, de eso estaba segura. Después del shock inicial, le dije a Bernard que me esperaban en el hotel y le dejé allí, ante su ordenador y con cara de pocos amigos.
Decidí perderme por las laberínticas calles de París mientras pensaba en lo que acababa de ocurrir. Bernard me gustaba, pero no como para dejarle que me robara un beso. No podía ser, quería que me lo devolviera, pero no sabía cómo. Entré en diferentes foros de internet, en los que recomendaban que ante el caso de un beso robado el mejor remedio era aspirarlo del ladrón, pero eso significaba que mis labios debían volver a tocar los suyos. En la web decían que lo mejor era hacerlo en un lugar público para evitar represalias.
No fue difícil encontrar el momento. Fui a escucharle a una mesa redonda. Me armé de valor y justo diez minutos antes de que terminara me levanté. Me dirigí a la mesa, me puse ante él y ante la mirada de todos los presentes le contra besé. Una vez me cercioré que volvía a tener mi beso, me giré tranquilamente y salí de la sala.
Al rato, me di cuenta que el beso recuperado tenía sabor a pasión descontrolada. El beso me contó que mientras estaba con Bernard había descubierto que éste se había arrepentido de no haberme pedido el teléfono hace tres años. Cuando me vio sentada en aquel bar de la Rue du Bac se alegró tanto que no pudo evitar besarme.
Fue entonces cuando decidí que sí que quería besarle. Esperé a que acabara la ponencia para hablar con él. No hicieron falta palabras, en cuanto nos miramos supimos que queríamos un beso de verdad.